































Epítome

Epítome
Una representación honesta de lo que es real, crudo y no se puede maquillar. Imagínate esto: pies molidos, el cuerpo cansado después de pasar horas pisando el asfalto en esos monstruos de concreto que llamamos ciudad. La cabeza saturada, llena hasta el tope de imágenes vistas con ojos ya rendidos, esperando que de pronto pase algo, lo que sea. Un reflejo, un parpadeo, el disparo rápido de mi siempre compañera, la cámara, fría pero fiel. De tanto repetir el ritual, de andar las calles sin prisa pero con los sentidos bien abiertos, me he cruzado con esos momentos que te agarran del cuello. Belleza directa, sin pedir permiso. Instantes que no te sueltan hasta que logras atraparlos, aunque sea por un segundo, dentro del encuadre.
Colección
Aquí no hay fórmula. Hay calle, hay suerte, y hay un terco que no suelta la cámara. Estos encuadres son de esos que te hacen girar la cabeza: "¿Cómo demonios conseguiste eso?" La verdad, casi siempre fue estar ahí, listo, con los ojos abiertos y el dedo en el gatillo. Las otras veces fue caminar la misma maldita calle hasta que, una tarde cualquiera, el ángulo perfecto se sirvió solo, como ese plato que no pediste pero que resulta ser lo mejor de la noche.
Algo clave para mantener mi estilo firme, mi lenguaje visual sin fisuras, ha sido la lealtad a un 16 mm durante los últimos seis años. Ese compromiso, medio obsesivo si quieres llamarlo así, me obligó a conocerlo a fondo, a entender sus mañas, su encanto y la honestidad brutal del gran angular. Y sí, mi formación en diseño tuvo su peso. Me entrenó el ojo para leer líneas, buscar equilibrio y sentir cuándo cada elemento del encuadre pesa lo justo. Ni más, ni menos.
Cada imagen aquí destilada nace de horas interminables pateando asfalto, cazando lo que Cartier-Bresson llamaba le moment décisif. Es agotador. Te deja seco. Pero cuando ese instante cae en el encuadre y respira solo, sin que le sobre ni le falte nada, entiendes por qué sigues saliendo.